La hora de la verdad. Por: Ángel Luis Jiménez
A la hora de la verdad, el presidente Putin perderá la guerra, por muchos guardaespaldas que protejan sus mentiras. Falta saber cuándo llegará esa hora. Porque la guerra no consiste solo en destruir objetivos militares o civiles, sino también en conquistar el corazón y la cabeza de los sectores de la población mundial que no están directamente involucrados en el conflicto.
Winston Churchill dijo: "En tiempos de guerra, la verdad es tan valiosa que siempre debe ir acompañada de un guardaespaldas que la proteja de las mentiras". Un pesimista podría añadir que, en tiempos de guerra, las mentiras son tan valiosas que hay que protegerlas con otras mentiras, el inconveniente es que siempre hay una guerra infame en algún sitio a la que se puede recurrir como pretexto.
Quienes somos optimistas podemos confiar en que la verdad -la verdad imperfecta y subjetiva de un periodista, un artista o algún otro narrador que intenta expresar algo verdadero- gane. Siempre he creído que Abraham Lincoln tenía razón cuando decía "No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo". Hay ejemplos que lo demuestran, como el desmoronamiento de la Unión Soviética desde dentro en los noventa o que se consiguiera echar a Donald Trump de la Casa Blanca en 2020.
El relato de Vladímir Putin sobre salvar a un pueblo oprimido por "una banda de drogadictos y neonazis", justificando la invasión de Ucrania, ha tenido gran acogida... en Rusia, pero no en resto del mundo. Además, Putin intenta reprimir todas las voces que contarían una historia diferente. ¿Es el relato el verdadero campo de batalla? Y en este campo de batalla ¿qué papel puede desempeñar la ficción cuando la verdad ya ha sido derrotada?
Muñoz Molina dice que, en la batalla del relato, hay que contar con los historiadores. Pero, los historiadores no son fiscales, ni tampoco generales de batallas imaginarias. Su cometido es otro, más prosaico si se quiere, pero no exento de una función social. El historiador francés, Lucien Febvre, lo resumió en pocas palabras: comprender el pasado y hacérselo comprender a nuestros conciudadanos. Y, sobre todo, no permitir que nadie blanquee a los tiranos.
Si asumimos que hay una batalla por el relato que enfrenta a historiadores profesionales contra publicistas radicales, damos visibilidad a los últimos y sugerimos implícitamente que, aun estando en las antípodas, son iguales, cuando resulta que los primeros hacen ciencia y los segundos propaganda (y no cualquiera, sino una orientada a ensalzar a los tiranos). Hay un necesario y sano debate entre diferentes maneras de abordar el pasado. El relato no puede ni debe ser único; de hecho, ya es plural. Y lo que se debe hacer es sencillamente buscar y contar la verdad.
Pero en una época en la que la verdad se ha devaluado por culpa de los bulos y la propaganda, en la que se eligen líderes poderosos, injustos y opresores, por las emociones y no por sus méritos o puntos de vista políticos, los hechos ya no tienen el peso que tenían en otro tiempo. Han tenido que dejar paso a unos relatos que apelan a nuestras emociones, historias sobre nosotros y sobre lo que nos define como grupo, nación, cultura o religión.
Quizá, no fue la falta de armas o de poder militar lo que causó la derrota en las guerras de ocupación de Vietnam y Afganistán, sino la falta de un relato capaz de "conquistar el corazón y la cabeza de la gente". O, para ser más exactos, quizá fue porque el enemigo podía contar mejores historias, como ocurre ahora con los ucranios y su joven líder-presidente, Volodímir Zelenski, que ha ganado a escala internacional la batalla del relato, haciendo crecer la indignación del mundo por la agresión rusa a un pueblo indefenso.
Una de las citas más utilizada por quienes escriben sobre la guerra es "la primera víctima de una guerra es la verdad", frase del senador estadounidense Hiram Johnson en 1917. Se utiliza, entre otras cosas, para recordar a los periodistas y los responsables de los medios de comunicación lo vulnerable que puede ser la verdad objetiva cuando hay dos bandos que luchan por imponer su propia versión de los hechos.
Se dice que el "Guernica" de Picasso era a la vez propaganda y obra maestra, lo mismo puede decirse de "El acorazado Potemkin" de Serguéi Eisenstein, encargado por las autoridades soviéticas para celebrar el vigésimo aniversario de la revolución de 1905. Ambas obras pretenden representar hechos reales, pero también hacen uso de una considerable libertad artística: por ejemplo, la famosa escena de la masacre en las escaleras de Odesa nunca sucedió. Aunque el narrador de ficción no tiene por qué preocuparse por esos detalles, ya que su objetivo es expresar una verdad, no necesariamente unos hechos objetivos.
Franco gobernó España durante casi 40 años, y una de sus armas defensivas más importantes fue una censura generalizada. Al final cayó derrotado en los libros de historia, y el pueblo español ha acabado con su legado y sus ideas. El Guernica se exhibió por primera vez en España en 1981, seis años después de la muerte de Franco. Solo en los 12 primeros meses lo vieron más de un millón de personas y sigue siendo una de las mayores atracciones del Museo Reina Sofía de Madrid. Porque las historias que contienen más verdad -aunque no sean las más objetivas- son las mejores. Y además sirven para proteger nuestras libertades.